
El avance de la tecnología aérea no tripulada en el sector agropecuario ya no es una novedad, pero sí lo es la velocidad con la que estas herramientas refinan su eficiencia en el lote y expanden sus fronteras hacia nuevos nichos. En el marco de las últimas demostraciones dinámicas, Santiago Marini, integrante del área de Investigación y Desarrollo de la firma Tekron, dialogó con nosotros para analizar el presente de la marca DJI en el país y explicar por qué el tamaño no siempre es sinónimo de mayor rendimiento en la agricultura extensiva.
Históricamente vinculados a la pulverización y la fertilización, los drones están asumiendo hoy roles complementarios que ganan terreno en la agenda del productor y de la empresa agroindustrial: la seguridad y el monitoreo geoespacial. Según explicó Marini, la empresa decidió anexar a su tradicional oferta agrícola la línea DJI Enterprise, un segmento diseñado específicamente para la vigilancia, la inspección de infraestructura crítica (como fábricas o tendidos eléctricos) y tareas de búsqueda y rescate, gracias a la posibilidad de acoplarles cámaras térmicas, sistemas de fotogrametría, luces y parlantes. “Son diferentes nichos que ahora se suman a todo el sector del agro con el que ya veníamos trabajando”, apuntó.
La ingeniería de la eficiencia en el lote
Al momento de desglosar la oferta puramente agronómica, el catálogo actual se apoya en tres modelos bien definidos: el T-25P (el más pequeño de la familia), el intermedio T-70P y el gigante T-100, todos con la versatilidad de intercambiar sus tanques para trabajar tanto con caldos líquidos como con fertilizantes sólidos o siembras al voleo.
Sin embargo, uno de los datos más interesantes que dejó el especialista radica en la eficiencia operativa cuando se trabaja en planteos de agricultura extensiva, donde los volúmenes de aplicación habituales oscilan entre los 5 y los 14 litros por hectárea. En ese escenario, el modelo mediano, el T-70P, logra sacar una luz de ventaja sobre su hermano mayor.
“Hoy por hoy es el equipo más eficiente del mercado porque utiliza las mismas baterías que el T-100, pero tiene cuatro motores en lugar de ocho. Al ser un equipo más liviano y contar con la misma energía, logra realizar una hectárea más por batería”, detalló Marini. En números concretos, este modelo promedia entre 6 y 7 hectáreas por cada vuelo de 10 minutos.
De todas maneras, el técnico aclaró que la capacidad operativa real nunca es lineal, ya que está atada a un combo de variables del entorno: el tipo de cultivo, la presión de la plaga, la presencia de obstáculos en el lote y, sobre todo, la logística de abastecimiento. “No es lo mismo estar pegado al tejido y que el equipo se levante y empiece a aplicar inmediatamente, a que tenga que realizar trayectos largos para recién empezar a trabajar. Todo eso influye en la capacidad del día”, advirtió.
El límite del viento: fierro vs. Agronomía

Finalmente, uno de los dilemas recurrentes entre los usuarios de estas tecnologías es el comportamiento de los equipos frente a las condiciones climáticas adversas, particularmente el viento. En este punto, Marini fue categórico al separar la resistencia física de la máquina de los criterios agronómicos de una buena aplicación.
Desde el punto de vista estrictamente técnico, los drones de mayor porte exhiben una notable estabilidad estructural, siendo capaces de soportar y navegar con ráfagas de hasta 36 kilómetros por hora de acuerdo a sus fichas técnicas. Ahora bien, que el equipo pueda volar no significa que deba aplicar. Para garantizar la efectividad del tratamiento y evitar problemas de deriva, Marini recordó que las ventanas de trabajo ambiental se rigen bajo los mismos parámetros estrictos de una pulverizadora terrestre: “Ahí nos mantenemos exactamente igual, operando hasta los 12 o 13 kilómetros de viento por hora”.


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