La trampa de la baja fertilización en soja: una brecha productiva y de calidad que frena al sector en la región

Especialistas de Fertilizar Asociación Civil y ACSOJA advirtieron, durante una jornada técnica en el complejo industrial de Bunge en Ramallo, sobre el severo estancamiento tecnológico que afecta al principal cultivo del país. En diálogo con Casares On Line, Jorge Bassi analizó las razones culturales y económicas detrás de un circuito que hoy trabaja a medias, donde la falta de fósforo y azufre degrada no solo el rendimiento en kilos, sino también el nivel de proteína exigido por los mercados globales.

La nutrición de los cultivos se consolidó como uno de los ejes de debate más urgentes del ámbito agroindustrial tras la reciente jornada técnica realizada en la Unidad Integrada Ramallo. El encuentro, coorganizado por FERTILIZAR Asociación Civil y la La Asociación de la Cadena de la Soja Argentina (ACSOJA), funcionó como un anticipo estratégico del próximo Seminario Mañana de Soja, desnudando los principales cuellos de botella que enfrenta el complejo sojero para sostener su competitividad global.

La cita tuvo un escenario fuertemente simbólico: la planta industrial y portuaria de la firma BUNGE, un enclave logístico diseñado originalmente bajo el concepto de una economía circular perfecta, pensado para que el camión que descarga los granos de la cosecha se retire con los fertilizantes necesarios para la campaña venidera. Sin embargo, los analistas coinciden en que ese flujo hoy se encuentra interrumpido.

Un circuito cortado y la pérdida de oportunidades

En el lugar de los hechos, Casares On Line dialogó en exclusiva con Jorge Bassi, Director de Marketing y Nuevos Cultivos de BUNGE, quien describió con preocupación el escenario actual. Según el especialista, el estancamiento en los niveles de fertilización ha dejado de ser un mero desbalance químico en el suelo para transformarse en una severa pérdida de oportunidades económicas para toda la cadena productiva.

“Ese círculo está como cortado: el productor no se lleva el fertilizante, usa poco, produce menos en el campo y llega menos soja a las terminales”, explicó Bassi. “Y lo que es peor, llega soja de menor calidad, porque si nosotros aseguramos una correcta nutrición con fósforo y azufre, eso impacta directamente en la nodulación, lo que mejora la fijación biológica y la economía del nitrógeno. Este último factor es clave no solo para elevar el rinde, sino para recuperar los niveles de proteína, una de las grandes limitantes actuales de la soja argentina”.

Los datos técnicos expuestos durante la jornada revelan la existencia de una brecha de rendimiento de aproximadamente 800 kilogramos por hectárea atribuible de forma directa a la deficiencia nutricional. Frente a esto, los especialistas encendieron las alarmas: el resto de los factores productivos —como genética, maquinaria y manejo sanitario— están cubiertos con excelencia, pero el nutriente sigue funcionando como el techo invisible de la producción nacional.

El dato clave: La fábrica de Superfosfato Simple (SPS) del complejo Ramallo cumple 15 años en actividad. Diseñada bajo la proyección de que sus instalaciones quedarían chicas rápidamente ante la demanda de una superficie nacional de 14 a 16 millones de hectáreas, hoy opera lejos de su techo potencial debido a que la fertilización de soja se estancó en dosis mínimas y se redujo a un mero tratamiento de “arrancador”.

El peso impositivo y el contraste con el maíz

Al indagar sobre los motivos que explican este comportamiento defensivo del productor, Bassi apuntó hacia factores históricos y de política fiscal. La oleaginosa ha sido, históricamente, el cultivo más penalizado por los esquemas impositivos y las retenciones. Esta presión financiera impidió que se consolidara la adopción de tecnologías de vanguardia que ya cuentan con probado éxito a campo, como las aplicaciones foliares y los desarrollos biológicos.

Para ilustrar el problema de manera pedagógica, el director de Bunge propuso realizar una comparación directa con otro cultivo central de la rotación agrícola tradicional: “Para simplificar el mensaje al productor: el arrancador que se utiliza en maíz no puede ser muy diferente al que se aplica en soja. En términos reales, los kilos de fósforo y azufre que demanda una soja de alto rendimiento son iguales o, en el caso del azufre, incluso superiores a los del maíz. Sin embargo, el productor tiene internalizada esta necesidad en el maíz y no en la soja. El desafío actual de entidades como Fertilizar es dar vuelta la historia y lograr que se dupliquen las dosis promedio por hectárea”.

Estrategias y herramientas para romper el techo

Desde la perspectiva agronómica y comercial, el sector proyecta un escenario de reactivación condicionado por las promesas oficiales de un sendero de reducción gradual de las retenciones agropecuarias. Esta flexibilización de los números macroeconómicos permitiría que la relación insumo-producto sea más favorable, otorgando el oxígeno financiero necesario para que el productor asuma riesgos tecnológicos. En general, la adopción tecnológica escala fuerte cuando los números están holgados y luego se sostiene en el tiempo fijando nuevos pisos, un fenómeno que con la soja viene demorado desde hace veinte años.

Consultado sobre los pasos concretos (“tips”) para corregir esta tendencia a nivel de lote, el especialista recomendó abandonar las prácticas tradicionales que limitan el volumen de fertilizante a la capacidad operativa de la línea de siembra.

La propuesta consiste en desacoplar la nutrición de la sembradora: realizar aplicaciones al voleo de forma anticipada y establecer franjas de ensayo georreferenciadas mediante sistemas de GPS para evaluar el potencial real del suelo. De acuerdo con los ensayos monitoreados por Fertilizar, mientras las primeras redes arrojaban respuestas de 250 kilos, los planteos tecnológicos actuales de nutrición profunda demuestran saltos de rendimiento superiores a los 600 kilos por hectárea.

El diagnóstico final de la jornada técnica deja una conclusión contundente para la región y el país: el conocimiento técnico está disponible y la respuesta del cultivo es completamente visible; el verdadero paso pendiente radica en un cambio cultural apoyado en la mejora de las cuentas económicas, para lograr que la soja argentina exprese finalmente su verdadero potencial.

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