Había generado expectativa la llegada de la nueva concesionaria, pero los arreglos en el tramo Casares – 9 de Julio duraron apenas unas semanas. El asfalto sobre la alcantarilla volvió a ceder, la tierra quedó al descubierto y el estado general de la calzada transforma el viaje en una verdadera prueba de resistencia.

Lo que parecía una solución definitiva terminó siendo, una vez más, un remiendo pasajero. La mentada alcantarilla ubicada a la altura del kilómetro 281 de la Ruta Nacional 5 volvió a ser noticia y, lamentablemente, no por una buena obra finalizada, sino porque el terreno cedió otra vez y el peligro sobre la cinta asfáltica es inminente.
La historia de este tramo ya lleva más de un mes de idas y vueltas. En un primer momento, ante el pozo inicial, la respuesta fue taparlo con tierra. Días más tarde le tiraron asfalto en caliente para salir del paso. Con el desembarco y la toma de posesión de la nueva empresa concesionaria, la comunidad de la zona se entusiasmó pensando que finalmente se ejecutaría una obra integral y con los parámetros de seguridad que una arteria con tanto tránsito requiere. Pero la ilusión duró muy poco.
Una “montaña” de asfalto y tierra al descubierto
Tras la última intervención, donde colocaron una capa gruesa de material asfáltico, la estructura no aguantó el peso del tránsito pesado ni el constante flujo vehicular. El pavimento se deformó, comenzó a resquebrajarse y en el lugar se formó una suerte de lomo de burro o “montaña” irregular que terminó dejando al descubierto la tierra de la base.
Quienes transitan a diario por el lugar aseguran que el desnivel es impactante y que, de no mediar una reparación de fondo —y no meros parches para salir del paso en la foto—, este punto de la ruta seguirá sumando episodios y reclamos.
¿Ruta nacional o zamba-zamba?

La preocupación de los automovilistas no se limita únicamente al kilómetro 281. El estado general del tramo que une Carlos Casares con 9 de Julio viene acumulando severas críticas por la calidad de las intervenciones recientes.
Cada uno de los parches colocados a lo largo del trayecto genera un serrucho constante: al pisarlos, los vehículos flamean y se mueven de un lado a otro como si fueran de gelatina. Lejos de la postergada y siempre prometida autovía, hoy el trayecto se asemeja más a un juego de parque de diversiones —un verdadero “zamba-zamba”— que a una ruta nacional de primera importancia.
Se especula con que estas tareas de bacheo sean apenas una medida de emergencia previa a una repavimentación integral que unifique la calzada y devuelva la tranquilidad al viajar. Sin embargo, mientras las soluciones de fondo no lleguen, el malestar crece y el riesgo de un accidente grave sigue estando a la orden del día.


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