El intendente de Carlos Casares expuso un profundo diagnóstico sobre la problemática hídrica y el deterioro de los caminos rurales del noroeste bonaerense. Durante una jornada organizada por el Colegio de Ingenieros de la Provincia de Buenos Aires, advirtió sobre el aumento de las precipitaciones, la suba de las napas, las limitaciones de las obras actuales y la falta de financiamiento. Además, planteó que la solución requiere la intervención de los gobiernos nacional y provincial, la participación de las entidades rurales y la creación de un fondo específico para construir y recuperar caminos.

El Complejo Cultural Cine Zurro de Pehuajó fue escenario el jueves 29 de octubre de una jornada abierta dedicada a analizar los desafíos que enfrenta la región en materia de gestión del agua, infraestructura rural y prevención de anegamientos.
Uno de los principales expositores fue el intendente de Carlos Casares, Daniel Stadnik, ingeniero civil y agrimensor, quien cuenta con 26 años de trayectoria en la Dirección Provincial de Hidráulica, se desempeñó durante una década como secretario de Obras Públicas y lleva cinco años al frente del municipio casarense.
Con un enfoque técnico, basado en su experiencia profesional y en la realidad que atraviesan los distritos de la región, Stadnik desarrolló una extensa exposición en la que repasó la evolución del comportamiento hídrico del noroeste bonaerense, explicó por qué los caminos rurales presentan dificultades estructurales y planteó la necesidad de cambiar la manera en que se aborda el problema.
Su diagnóstico dejó varios conceptos centrales: el régimen de lluvias cambió, las napas se encuentran cada vez más cerca de la superficie, buena parte de los caminos perdió altura por la erosión y los municipios ya no cuentan con recursos suficientes para resolver el problema solamente mediante tareas de mantenimiento.
Una región con características hídricas particulares

Para comprender la problemática actual, Stadnik consideró necesario comenzar por las características naturales del territorio.
Explicó que el noroeste de la provincia de Buenos Aires forma parte de una extensa región de aproximadamente 5,5 millones de hectáreas, conocida como Pampa Arenosa, con un relieve extremadamente bajo, pendientes de apenas entre 10 y 20 centímetros por kilómetro y suelos predominantemente arenosos y francoarenosos.
Estas condiciones determinan un comportamiento hídrico particular, diferente al de otras regiones de la provincia.
Según explicó, el ciclo del agua en esta zona es fundamentalmente vertical: las precipitaciones se infiltran, se acumulan en los sectores bajos y lagunas y posteriormente se pierden mediante la evaporación y la transpiración de la vegetación.
En ese contexto, hizo una aclaración que considera fundamental para entender las discusiones sobre las obras hidráulicas: el noroeste bonaerense no pertenece naturalmente a la cuenca del río Salado.
La conexión con ese sistema se produjo artificialmente a partir de distintas intervenciones realizadas a lo largo de las últimas décadas, en un intento de conducir los excedentes hídricos que comenzaron a afectar a la región.
De 750 milímetros a un régimen cercano a los 1.000: el cambio en las precipitaciones
Uno de los datos más relevantes de la exposición estuvo relacionado con la evolución de las lluvias.
Stadnik recordó que los registros históricos de la región, correspondientes a los períodos anteriores a la década del 70, indicaban precipitaciones promedio de entre 750 y 800 milímetros anuales.
Sin embargo, a partir de 1973 comenzaron a registrarse importantes períodos de lluvias y excesos hídricos en Carlos Casares, Pehuajó y otros distritos del noroeste provincial.

Al tomar como referencia los registros de la estación meteorológica de Carlos Casares entre 1973 y 2025, señaló que el promedio anual se acerca actualmente a los 1.000 milímetros.
En términos regionales, sostuvo que la isohieta de los 1.000 milímetros se desplazó hacia el oeste, mientras que las referencias históricas de 700 y 800 milímetros también experimentaron un corrimiento de entre 200 y 250 milímetros.
El intendente aclaró que no es posible determinar con certeza si este comportamiento continuará o si en algún momento se regresará a los registros históricos, debido a que la cantidad de años disponibles para analizar estos cambios es relativamente pequeña frente a los ciclos climáticos de largo plazo.
No obstante, advirtió que la situación actual obliga a encender las alarmas.
“Estamos en un ciclo húmedo”, fue uno de los conceptos que atravesó su explicación, al señalar que la acumulación de agua no solamente se manifiesta en los bajos y las lagunas, sino también en el comportamiento de los niveles freáticos.
Las napas, cada vez más cerca de la superficie
Otro de los aspectos que generó especial atención fue la evolución de las napas subterráneas.
Stadnik explicó que durante la década del 60 los niveles de agua subterránea podían encontrarse a unos 15 metros de profundidad, mientras que actualmente, en distintos sectores de la región, se ubican a dos metros o menos.

En el caso de Carlos Casares, mencionó que las mediciones actuales muestran niveles cercanos a un metro de profundidad.
Esta situación reduce considerablemente la capacidad del suelo para absorber nuevas precipitaciones.
El problema se agrava porque, debido a las características topográficas de la región, la descarga superficial del agua es limitada. Solamente ante excesos importantes se produce un escurrimiento en forma de manto o lámina.
Por eso, el intendente advirtió que, si continúa el superávit hídrico, la capacidad de absorción del territorio puede seguir disminuyendo y los problemas de anegamientos podrían intensificarse.
La historia de una conexión artificial con el río Salado
Durante su exposición, Stadnik también realizó un repaso histórico de las principales obras hidráulicas que modificaron el funcionamiento de la región.
Recordó que a comienzos de la década del 70 el noroeste bonaerense prácticamente no registraba problemas de desagües que motivaran intervenciones de la Dirección Provincial de Hidráulica.
La situación comenzó a modificarse con las grandes precipitaciones de 1973 y 1974. Posteriormente, hacia fines de 1979, se produjo el ingreso del río Quinto al partido de General Villegas, un fenómeno que atribuyó a distintas intervenciones humanas.
A partir de allí comenzaron las obras de canalización para conducir los excedentes hacia lagunas y otros sectores del sistema hídrico regional.
Mencionó, entre otras intervenciones, los canales de la Zanja, los trabajos hacia las lagunas Dulce, Vidania y Los Quilmes, las conexiones con Cuero de Zorro y posteriormente el sistema Hinojo-Las Tunas.
La situación volvió a complicarse durante 1987, cuando importantes precipitaciones provocaron el desborde de lagunas y el avance del agua hacia distintos sectores de Pehuajó y Carlos Casares.
En ese período se realizaron cortes y derivaciones para conducir los excedentes y proteger los cascos urbanos.
Stadnik recordó especialmente los trabajos realizados en la zona de San Juan de Edín y en distintos puntos del partido de Carlos Casares, donde se efectuaron cinco cortes para permitir el paso del agua.
Según explicó, aquellas decisiones no respondieron a una planificación integral previamente establecida, sino a la necesidad de encontrar soluciones urgentes para evitar que los excedentes avanzaran sobre las ciudades.
Uno de los momentos más importantes de ese proceso ocurrió a mediados de 1987, cuando se decidió derivar agua hacia la Ruta 65, conectando artificialmente el sistema arreico del noroeste con la cuenca exorreica del río Salado.
Posteriormente se ejecutaron otras obras, entre ellas los canales República de Italia, Mercante, Jauretche, San Emilio y Cañada de la Orqueta.
“Fuimos trabajando como los bomberos”, sintetizó Stadnik al describir la manera en que se fueron resolviendo los problemas hidráulicos a medida que aparecían nuevas situaciones.
Los caminos rurales no tienen desagües: por qué es necesario elevarlos

Uno de los tramos más importantes de la exposición estuvo dedicado a explicar por qué los caminos rurales de Carlos Casares y de buena parte del noroeste bonaerense presentan dificultades que no pueden resolverse simplemente limpiando cunetas o pasando una motoniveladora.
Stadnik sostuvo que, a diferencia de otras regiones, muchos caminos de esta zona no tienen cursos de agua naturales o artificiales hacia los cuales puedan descargar los excedentes.
Por esa razón, consideró que la principal alternativa para mejorar su transitabilidad es elevar las trazas.
“La única manera que tenemos para solucionar los caminos es alteándolos”, afirmó.
Sin embargo, allí aparece otra dificultad: la falta de tierra disponible.
El intendente explicó que los municipios vienen excavando cunetas para obtener material y utilizarlo en la elevación de los caminos. En algunos sectores, esos trabajos ya se realizaron dos o tres veces y prácticamente no queda tierra para continuar.
Además, señaló que los caminos han perdido altura como consecuencia de años de erosión eólica e hídrica.
Según describió, muchas trazas se encuentran actualmente entre un metro y un metro y medio por debajo del nivel de los campos linderos.
A esta situación se suma el crecimiento del tránsito rural, impulsado por una actividad agropecuaria cada vez más tecnificada y con mayores volúmenes de producción.
En ese sentido, dejó una de las frases más contundentes de su intervención:
“Hoy tenemos una producción agropecuaria del primer mundo, pero los caminos son del tercer mundo”.
Para Stadnik, existe una contradicción entre el nivel tecnológico alcanzado por el sector productivo y las condiciones de infraestructura que deben soportar diariamente los productores, transportistas y trabajadores rurales.
La erosión y el mantenimiento: los límites de las motoniveladoras
El jefe comunal también hizo hincapié en los efectos de la erosión, particularmente la provocada por el viento y el tránsito vehicular.
Explicó que los caminos secundarios y terciarios suelen tratarse de manera más conservadora, mientras que los principales requieren nivelaciones frecuentes debido a la circulación de camiones, vehículos vinculados a la actividad láctea y otros transportes.
Sin embargo, advirtió que pasar reiteradamente la motoniveladora termina contribuyendo al deterioro de las trazas.
En su análisis, las tareas habituales de mantenimiento permiten corregir pozos, emparejar superficies y mejorar temporalmente la circulación, pero no solucionan el problema estructural de caminos que han perdido su altura original.
Por eso insistió en que la discusión debe dejar de centrarse exclusivamente en la cantidad de maquinaria disponible.
“El problema es que lo que falta es plata”, expresó al referirse a la necesidad de avanzar con obras de mayor envergadura.
Estabilizado granular: la alternativa que Stadnik considera más efectiva

Otro de los puntos técnicos desarrollados estuvo relacionado con los sistemas de estabilización de caminos rurales.
Stadnik diferenció entre los tratamientos químicos y los estabilizados mecánicos o físicos.
Según su experiencia, los sistemas químicos, como el suelo cemento y el suelo cal, presentan dificultades para sostenerse en las condiciones particulares de la región.
Explicó que las amplitudes térmicas, las cargas del tránsito y las precipitaciones generan microfisuras que posteriormente se transforman en fisuras y baches, dificultando el mantenimiento por parte de los municipios.
En contraposición, defendió el estabilizado mecánico granular, realizado con áridos triturados y una granulometría adecuada.
Como ejemplo, mencionó los aproximadamente 40 kilómetros de caminos estabilizados que se construyeron en Carlos Casares.
Según relató, durante el año pasado algunas zonas del distrito registraron precipitaciones cercanas a los 1.800 milímetros y esos caminos mantuvieron condiciones de transitabilidad muy superiores a las de las trazas tradicionales.
Incluso mencionó que, pese a que uno de los tramos sufrió un corte, los camiones de las empresas lácteas pudieron continuar circulando con agua sobre la calzada.
Para el intendente, esa experiencia demuestra que la inversión en una estructura adecuada puede ofrecer resultados concretos y reducir los inconvenientes que se repiten cada vez que llueve.
Alcantarillas: la necesidad de cambiar el sistema de construcción
La infraestructura de alcantarillado fue otro de los temas abordados.
Stadnik explicó que los municipios deben reemplazar permanentemente alcantarillas, aunque aclaró que muchas veces el problema no está relacionado con obstrucciones, sino con roturas estructurales.
Los caños de cemento y los de chapa galvanizada sufren deterioros y quedan expuestos a las cargas del tránsito cuando pierden la cobertura de tierra por efecto de la erosión.
Por esa razón, planteó la necesidad de avanzar hacia estructuras de hormigón armado, con características y dimensiones apropiadas para soportar las cargas de los vehículos.
Mencionó particularmente las alcantarillas porticadas o de marco cerrado, cuya losa superior debería funcionar como la propia calzada del camino, con una resistencia equivalente a la de un puente.
No obstante, advirtió que estas obras, junto con la elevación y estabilización de las trazas, implican inversiones que exceden ampliamente las posibilidades económicas de los municipios.
Expropiar tierras para construir caminos nuevos: un tema que genera resistencia
La falta de material para elevar los caminos llevó a Stadnik a plantear una cuestión que, según reconoció, suele generar resistencias: la necesidad de contar con canteras de tierra ubicadas estratégicamente.

Explicó que no alcanza con disponer de maquinaria si no existe material adecuado para ejecutar las obras.
La alternativa, sostuvo, es disponer de terrenos destinados a la extracción de tierra, de manera similar a lo que ocurre con las canteras utilizadas para la construcción de rutas.
Para ello consideró necesaria la intervención de los gobiernos provincial y nacional, ya que los municipios no cuentan con facultades para realizar expropiaciones.
También reconoció que no resulta sencillo pedirles a los productores que cedan parte de sus establecimientos para obtener tierra, porque esos terrenos forman parte de su actividad productiva.
En ese contexto, remarcó que la construcción de caminos nuevos, con altura adecuada, estabilización y alcantarillado, requiere una inversión que los gobiernos locales no pueden afrontar por sí solos.
Una propuesta para crear un fondo con el aporte de las retenciones
La parte final de la exposición estuvo centrada en una propuesta concreta de financiamiento que Stadnik ya había presentado ante autoridades nacionales.
Para fundamentarla, utilizó un informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), correspondiente a septiembre de 2026 y publicado por Clarín Rural, que analiza la participación de los impuestos en la renta agrícola.
De acuerdo con los datos que presentó, la carga impositiva sobre el agro alcanza el 58,2%.
Dentro de esa composición, detalló:
- El 55,6% corresponde a impuestos nacionales no coparticipables.
- El 35,7% corresponde a impuestos nacionales coparticipables.
- El 7,8% corresponde a impuestos provinciales.
- El 0,9% corresponde a tasas municipales, según el promedio de 60 municipios del interior considerado en el informe.
A partir de esos números, Stadnik recordó que durante el año anterior mantuvo reuniones con la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, oportunidad en la que Carlos Casares recibió un subsidio de 120 millones de pesos destinado a atender distintas problemáticas hídricas.
En ese encuentro también acercó una iniciativa para crear un fondo específico destinado a la construcción y recuperación de caminos rurales.
La propuesta consiste en destinar un 5% de lo recaudado por retenciones a los cereales producidos en cada distrito, sin incrementar la carga impositiva existente.
Según los cálculos que presentó, un mecanismo de estas características permitiría financiar la construcción de entre 20 y 25 kilómetros de caminos nuevos por año en Carlos Casares.
La iniciativa contempla que el fondo sea administrado con participación de Nación y Provincia, incorporando también a las entidades representativas del sector agropecuario.
No hace falta intervenir los 1.500 kilómetros de caminos
Stadnik explicó que Carlos Casares cuenta con una extensa red vial rural, estimada entre 1.200 y 1.500 kilómetros, pero aclaró que no todos los caminos presentan los mismos inconvenientes.
Según su diagnóstico, los municipios conocen perfectamente cuáles son los sectores que históricamente se inundan y cuáles son las trazas que necesitan una intervención estructural.
En ese sentido, estimó que trabajando sobre unos 200 o 300 kilómetros de los sectores más comprometidos podría resolverse más del 90% de los problemas de transitabilidad vinculados a los excesos hídricos.
También señaló que existen antecedentes y referencias de las cotas máximas alcanzadas por el agua en los distintos sectores, información que permitiría establecer las alturas necesarias para construir caminos con mayores garantías.
La idea, por lo tanto, no es reconstruir toda la red vial, sino concentrar los recursos en los tramos estratégicos, aquellos que atraviesan los sectores bajos y que habitualmente quedan fuera de servicio cuando se registran precipitaciones importantes.
“El actor principal que tiene que aparecer es la Nación”
En el cierre de su intervención, Stadnik volvió sobre una idea que atravesó toda su exposición: los municipios conocen los problemas, tienen profesionales, cuentan con información técnica y saben cuáles son las obras que necesitan realizar, pero no disponen del financiamiento suficiente para concretarlas.
Incluso planteó que entregar nuevas motoniveladoras o retroexcavadoras a los municipios no resolvería el problema de fondo si no se dispone de tierra, materiales y recursos para construir caminos con otra estructura.
A su entender, la solución pasa por dejar de pensar exclusivamente en el mantenimiento y avanzar hacia la construcción de infraestructura rural nueva, recuperando las alturas que las trazas tenían históricamente y dotándolas de sistemas adecuados de estabilización y alcantarillado.
También consideró necesario que las entidades del campo comprendan que la infraestructura vial forma parte de las condiciones que necesita la producción agropecuaria para sostener su crecimiento.
Su planteo final fue directo y estuvo dirigido a las responsabilidades de los distintos niveles del Estado. “El actor que falta acá es el gobierno nacional”, sostuvo.
Y concluyó remarcando que el desafío de la región no pasa solamente por reparar los caminos después de cada lluvia, sino por desarrollar un plan de obras que contemple las características hidráulicas del territorio, el nuevo comportamiento de las precipitaciones y las necesidades de una actividad agropecuaria que demanda infraestructura acorde a su nivel de producción.
La exposición dejó planteado un debate que excede a Carlos Casares y Pehuajó: en una región donde los excesos hídricos se volvieron cada vez más recurrentes, los caminos rurales ya no pueden ser considerados solamente vías de circulación. Son también parte de un sistema territorial que debe funcionar en equilibrio con el agua.


Be the first to comment on "Stadnik advirtió que los caminos rurales necesitan una transformación de fondo: “El problema es que falta plata”"