En el marco del Seminario ACSOJA 2026, especialistas de Canadá y Brasil explicaron cómo el éxito del mejoramiento moderno terminó estrechando la base genética del cultivo. El desafío de buscar “sangre nueva” en Asia, el contraste con el manejo tecnológico en Argentina y el potencial del gigante sudamericano.

El notable incremento en la productividad de la soja a nivel mundial durante las últimas décadas tiene una inesperada contra cara que empieza a encender las alarmas entre los científicos y mejoradores: la alarmante pérdida de diversidad genética. El uso reiterado de un grupo muy selecto de materiales ha provocado un cuello de botella que podría estancar los rendimientos futuros y restar capacidad de reacción frente a nuevas enfermedades.
Este fue el eje central del panel «Innovación sin fronteras: mejoramiento genético y genómica. Transformando el mundo: experiencias de Brasil y Canadá», desarrollado en el reciente Seminarlo ACSOJA 2026 en la Bolsa de Comercio de Rosario. Moderado por Daniel Ploper (EEAOC), el bloque contó con las disertaciones de los reconocidos investigadores Istvan Rajcan (Universidad de Guelph, Canadá) y Ricardo Vilela Abdelnoor (Embrapa Soja, Brasil), quienes compartieron sus estrategias para romper este techo productivo.
Canadá mira a China para inyectar “sangre nueva” al cultivo

Para el especialista canadiense Istvan Rajcan, el mejoramiento en su país ha sostenido tasas de crecimiento del rendimiento de entre el 0,5% y el 1% anual. Sin embargo, el temor latente es alcanzar un “plató” o meseta productiva debido a que la base genética actual está sumamente estrecha.
Para quebrar este límite, Rajcan recurrió directamente al centro de origen de la oleaginosa. Tras consolidar lazos con universidades del noreste de China —región que comparte latitud y fotoperíodo similar al canadiense—, logró introducir un set de 50 variedades modernas locales.
“A diferencia de lo que se suele hacer en Estados Unidos, donde los fitomejoradores recurren a los bancos de germoplasma para buscar variedades de hace 50 o 60 años, nosotros incorporamos líneas chinas modernas de alto rendimiento”, detalló el investigador.
Este intercambio permitió identificar cruzamientos clave. El científico destacó el trabajo sobre el cromosoma 14, donde se detectó un gen ligado directamente al rinde (yield) que aporta el material asiático y que jamás había estado presente en los programas de reproducción de América del Norte.
La experiencia de Brasil: adaptando la soja al trópico

Por su parte, Ricardo Vilela Abdelnoor repasó el camino de casi medio siglo que transitó Brasil para convertirse en la potencia agrícola que es hoy. En sus inicios, la soja introducida desde Estados Unidos sólo funcionaba en el sur del país. El trabajo de los mejoradores de Embrapa fue aislar características y cruzar materiales —también sumando genes de Asia para resistencia a plagas y calidad de proteína— hasta lograr que el cultivo se adaptara a latitudes bajas y climas tropicales.
El gran salto hacia el norte y la región del Mato Grosso no estuvo exento de desafíos. Abdelnoor recordó que se encontraron con un ambiente de altísima humedad y temperaturas elevadas, el escenario ideal para la proliferación de insectos y hongos.
Además de la presión sanitaria, el suelo de los “cerrados” presentaba una nula fertilidad natural. “La estructura de la tierra es excelente, pero no tenía nutrientes”, explicó el brasileño. La solución fue una sola: paquetes de alta tecnología y una fuerte inversión en fertilizantes.
El contraste con Argentina: fertilización, retenciones y el techo de los 200 millones
La realidad brasileña dejó flotando en el auditorio un inevitable contraste con el manejo tecnológico y político que se realiza en la Argentina. Abdelnoor se mostró sorprendido por el bajo nivel de reposición de nutrientes en los suelos locales:
“En esta visita aprendí que en Argentina el uso de fertilizante en soja es mínimo o no alcanza a reponer lo que el cultivo extrae. En Brasil el productor conoce bien la ecuación y sabe que, aunque el fertilizante es caro e importado, la respuesta en inversión compensa ampliamente el costo”.
El especialista de Embrapa remarcó que parte de esa previsibilidad se debe a la ausencia de derechos de exportación. “En Brasil no existen las retenciones. Hay otros impuestos, como a las ganancias, pero el gobierno incentiva a que la gente invierta en tecnología porque la soja es el motor principal de nuestro PBI”, diferenció.
Con una superficie actual que ronda las 50 millones de hectáreas y un rinde promedio de 3.700 kilos por hectárea, Brasil no se fija techos. De la mano del manejo genético combinado con estrategias agronómicas para ganarle a enfermedades complejas como la roya de la soja, el gigante sudamericano proyecta romper la barrera de los 200 millones de toneladas en el corto plazo, consolidándose como el principal proveedor del grano ante la insaciable demanda global.


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