La arquitecta devenida en artista plástica recuerda que desde niña sintió, en su Pergamino natal, la necesidad de crear y reciclar objetos, aunque los mandatos familiares y laborales la llevaron primero por el camino de la arquitectura. Hoy esa faceta es historia y la recuerda con alegría, pero, la actualidad la tiene enfocada en como referente del arte. Con materiales recuperados, asegura estar transitando el camino que tanto le apasiona y la hace feliz, luego de años dedicados plenamente a su profesión universitaria.
La historia de Mónica Draghi está atravesada por la creación. Mucho antes de convertirse en arquitecta y más atrás en el tiempo ya había logrado descubrir que podía transformar materiales descartados en obras de arte; en ella, ya existía una necesidad profunda de intervenir, pintar, reciclar y resignificar objetos.
“Esto nace hace aproximadamente diez años, aunque en realidad siempre estuvo en mí”, cuenta. Además, recuerda que durante sus años trabajando en obras como arquitecta comenzó a mirar distinto aquello que otros descartaban. “Veía las paredes descascaradas, las chapas oxidadas tiradas en el piso y todo me parecía un cuadro. Empecé a sacar fotos y después a construir desde esos materiales”.
Ese impulso creativo fue tomando forma a través de talleres realizados en Trenque Lauquen y Buenos Aires. Allí comenzó a trabajar directamente con objetos en desuso, transformándolos en piezas artísticas cargadas de identidad y sentido. “Es como darles una nueva oportunidad a las cosas y eso se transformó en una pasión”, asegura.
La primera muestra llegó en Carlos Casares y marcó un antes y un después. A partir de allí creó su página web (monicadraghi.com) y comenzó a enviar sus trabajos a distintos espacios culturales de España, donde en ese momento Gastón, uno de sus hijos, realizaba un máster. La respuesta no tardó en llegar: fue convocada por una galería de arte de Madrid para exponer posteriormente en Luxemburgo.
“Nunca paré de construir, solo que ahora lo hago desde otra escala. Ya no son edificios, sino objetos, y hoy es a lo que dedico la mayor parte de mi tiempo”, explica.
Una pasión que venía desde la infancia
Mónica asegura que el arte siempre fue parte de su esencia. Desde muy pequeña, en Pergamino, encontraba en los objetos cotidianos una oportunidad para crear.
“Yo estaba mucho tiempo sola porque mis padres trabajaban. Cuando mi mamá llegaba encontraba una cómoda pintada de rojo o con florcitas hechas con esmalte de uñas. Siempre estaba pintando, yendo a talleres de arte o decorando los pizarrones de los actos escolares”, recuerda entre risas.
Aunque soñaba con estudiar Bellas Artes, los caminos de la vida la llevaron hacia la arquitectura. “Una amiga se iba a estudiar arquitectura y terminé yendo con ella. Me encantó la profesión”, reconoce. Sin embargo, el arte seguía latiendo como una cuenta pendiente.
Incluso durante la carrera estuvo cerca de abandonar para dedicarse de lleno a Bellas Artes. “Un profesor me dijo: ‘Mónica, en dos años sos arquitecta, recibite y después hace Bellas Artes’. Y así fue quedando pendiente”.
Con el tiempo también estudió Coaching Ontológico y neurociencia, herramientas que, según cuenta, la ayudaron a reconectar con aquello que verdaderamente la movilizaba. “Ahí confirmé esa necesidad de hacer arte que sentí toda mi vida”.
Hoy divide su tiempo entre Carlos Casares y Buenos Aires donde está armando su taller y espacio de muestras de arte.
“Hay que escuchar al corazón”
A la hora de dejar un mensaje a los jóvenes, Mónica habla desde la experiencia personal y desde un profundo proceso de autoconocimiento.
“Creo que hay que escuchar al corazón porque uno sabe, en algún lugar interno, cuál es el paso que quiere dar, aunque muchas veces no se anime”, reflexiona.
Para ella, el coaching fue una herramienta fundamental para reencontrarse con su esencia y comprender que cada persona tiene una misión y una cualidad única para ofrecer.
“Hoy siento que lo que me queda por vivir es menos de lo que ya viví y quiero dedicar ese tiempo a lo que realmente me apasiona”, expresa. Y agrega una frase que resume gran parte de su presente: “Así como yo les doy una segunda oportunidad a los objetos, esta es mi segunda oportunidad en la vida para hacer lo que me hace feliz”.
Mónica también destaca una diferencia generacional que observa con admiración en los jóvenes de hoy. “Siento que las nuevas generaciones se escuchan mucho más, no se atan tanto al trabajo como pasaba antes. Nosotros veníamos con el mandato de que el trabajo era todo, casi un salvavidas”.
Y profundiza: “Mi generación veía como irresponsabilidad cambiar de trabajo o buscar otro camino. Hoy los chicos fluyen más, se permiten probar y creo que eso es algo muy valioso”.
El vínculo con la Cámara de Comercio
La relación de Mónica con Carlos Casares también está profundamente ligada a su historia profesional. Recuerda especialmente sus años trabajando en proyectos arquitectónicos cuando aún dibujaba planos sobre calco vegetal.
“En la Cámara de Comercio me hacían las fotocopias enormes de los planos y me las pegaban. Eran como parte de mi familia”, recuerda. Esa cercanía se mantuvo con los años y luego también participó en distintos proyectos vinculados a la institución.
Sobre la actualidad cultural de la ciudad, destaca el crecimiento artístico que percibe en los últimos años. “Veo una movida muy interesante con los murales, la danza, la música. Hay un cambio enorme desde que llegué”.
“Para mí hacer arte es meditar”
Cuando habla de su proceso creativo, Mónica lo describe como un estado de conexión absoluta al decir: “Para mí hacer arte es como meditar. Pierdo la noción del tiempo y del espacio”, afirma.
Y a la hora de definirse, no duda: “Soy una persona que encuentra posibilidades en cosas que aparentemente no las tienen. Una recicladora”. Por eso explica que cada obra nace del rescate de materiales con historia, porque para ella los objetos también cargan memoria.
“Las obras son un conjunto de imperfecciones, igual que los seres humanos. Y justamente eso es lo que nos hace únicos e irrepetibles”, resume. Esa misma idea fue la que transmitió a una joven pareja en Europa y logró desde el amor que una de sus creaciones encontrara un nuevo hogar del otro lado del Atlántico.


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