Nacida de la necesidad de proteger la herencia familiar, esta asociación de 20 productoras mendocinas desafía las inclemencias climáticas y apuesta al valor agregado. En la Expo Láctea, compartieron su historia de resistencia y pasión vitivinícola. Un proyecto colectivo que hoy produce hasta 8 mil botellas anuales. Entre heladas, granizo y grandes inversores, sostienen la tradición vitivinícola con trabajo, pasión y el sueño intacto de seguir creciendo.

Por Redacción Casares On Line – En el corazón del Valle de Uco, una de las regiones vitivinícolas más prestigiosas del planeta, un grupo de mujeres decidió que el legado de sus familias no podía desaparecer. Así nació “Mujeres de la Viña”, una asociación integrada por 20 pequeñas productoras mendocinas que encontraron en la unión la manera de resistir, producir y proyectarse en una industria cada vez más concentrada.
Durante su participación en TodoLáctea, Alicia Caraballo y Natalia Martín compartieron la historia de este proyecto colectivo que comenzó en 2018 y que hoy ya cuenta con una línea consolidada de vinos, presencia en ferias nacionales y una identidad propia construida a fuerza de esfuerzo, aprendizaje y amor por la tierra.
“Defendemos nuestros viñedos como si fueran un hijo más”, resumió Alicia Caraballo.
Un proyecto nacido de la necesidad y del amor por la tierra
La mayoría de las integrantes heredaron pequeñas parcelas familiares o llegaron a ellas por distintas circunstancias personales. Algunas tenían experiencia en el manejo del viñedo y otras debieron empezar desde cero. Pero todas compartían una misma preocupación: cómo sostener propiedades pequeñas frente al avance de grandes inversiones vitivinícolas en el Valle de Uco.
“Entendíamos que solas íbamos a desaparecer”, explicó Natalia Martín. Esa realidad llevó a las productoras a agruparse con el acompañamiento de instituciones como INTA, COVIAR y ProMendoza, que brindaron capacitaciones técnicas y asesoramiento permanente.
Las recorridas mensuales por las fincas, el intercambio de conocimientos y el aprendizaje basado en la práctica fueron fundamentales para consolidar el grupo.
“Con prueba y error lo sacamos adelante, y hoy somos casi ingenieras agrónomas”, contaron entre risas.
Actualmente, las productoras poseen entre una y 15 hectáreas cada una, superficies pequeñas para una industria altamente competitiva, pero suficientes para sostener un modelo basado en el valor agregado y la elaboración propia.
Del viñedo a la botella: vinos con identidad propia

La asociación decidió apostar a la elaboración de vinos propios para darle sustentabilidad económica a las fincas. Así nació “Mujeres de la Viña Apasionada”, una marca que refleja el espíritu del grupo y el vínculo emocional con el trabajo vitivinícola.
La línea actual incluye Malbec, blends tintos elaborados con Malbec y Cabernet, y blends blancos de Chardonnay, Sauvignon y Semillón. Además, ya trabajan en el lanzamiento de un Chardonnay espumante dulce que esperan presentar en próximas exposiciones.
Cada etiqueta representa a las propias productoras caricaturizadas junto a las herramientas que utilizan diariamente en el viñedo. El diseño fue realizado por el artista mendocino Ariel Esfimenco y busca reflejar la identidad colectiva del proyecto.
“Dentro de cada botella está la historia de 20 familias y de 20 mujeres que luchamos día a día para defender el viñedo”, señalaron.
Resistir entre grandes inversores

El Valle de Uco se convirtió en los últimos años en uno de los destinos favoritos de inversiones vitivinícolas nacionales e internacionales. Allí, rodeadas de bodegas de gran escala, las integrantes de Mujeres de la Viña sostienen sus pequeñas propiedades con un fuerte componente sentimental.
“Quedamos como un pequeño piojito en medio de los grandes inversores”, graficó Alicia Caraballo.
Sin embargo, lejos de pensar en vender, aseguran que el valor emocional de esas tierras heredadas no tiene precio.
“Muchas veces trabajamos a pérdida, pero el amor por lo que hacían nuestros padres y abuelos no se negocia”.
La producción anual ronda actualmente entre 8.000 y 10.000 botellas, números modestos frente a grandes bodegas, pero significativos para un emprendimiento colectivo construido desde abajo.
La pandemia y un crecimiento inesperado
Aunque la pandemia significó un freno para muchas actividades económicas, para Mujeres de la Viña representó una oportunidad inesperada. El aumento del consumo de vino durante el confinamiento impulsó las ventas y fortaleció el proyecto.

Además, al tratarse de producción primaria, las mujeres pudieron continuar trabajando en las fincas durante las restricciones sanitarias.
“La viña había que seguir trabajándola, había que podar y hacer todas las tareas. Teníamos permiso para seguir circulando”, recordaron.
Ese contexto terminó consolidando aún más al grupo y reafirmando la decisión de continuar apostando al proyecto colectivo.
El desafío de seguir creciendo
Hoy, Mujeres de la Viña busca ampliar su presencia comercial y seguir posicionando sus productos en distintos mercados. Las redes sociales se transformaron en una herramienta clave para dar a conocer la marca y generar ventas directas.
Pero más allá de lo comercial, el objetivo principal sigue siendo preservar el trabajo familiar, sostener las pequeñas fincas y mantener viva una tradición profundamente arraigada en Mendoza.
“Queremos que el mundo sepa que existimos, que hay 20 pequeñas productoras haciendo su propio vino y defendiendo sus viñedos todos los días”.
Con pasión, identidad y esfuerzo colectivo, Mujeres de la Viña demuestra que aún en tiempos difíciles es posible sostener el arraigo y transformar la herencia familiar en una propuesta con futuro.




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