Palabras del Obispo Ariel Torrado Mosconi pro el aniversario de la Revolución de Mayo

Momento y escenario realmente inéditos en el cual estamos celebrando un aniversario más de la “Revolución de mayo”. La crisis global provocada por la pandemia, no solamente está trayendo daños en la vida, la salud y repercusiones en todos los ámbitos de la sociedad, sino también un enorme cambio en nuestro estilo de vida que está trastocando maneras de pensar, rutinas, esquemas y seguridades. Todavía no alcanzamos a ver  hacia dónde vamos, como tampoco, siquiera, prever hasta dónde llegaran sus consecuencias.

El temor, la preocupación y la angustia embargan la vida de millones de personas, de los cuales no está ajena nuestra querida patria. Una simple mirada a las noticias de las reacciones y comportamientos de la gente ante esta situación, hace ver altísimas cuotas de generosidad y solidaridad, abnegación y heroísmo, notable conciencia social y trabajo responsable en amplios sectores de la población, así como en autoridades, agentes de salud y trabajadores esenciales, investigadores, y tantos otros que contribuyen a mantener activo el maltrecho tejido social. Junto a esto, no podemos negar, que está latente y por momentos se ponen de manifiesto las más bajas conductas humanas: la tentación del “sálvese quien pueda”. El miedo y la angustia suelen ser el “caldo de cultivo” del egoísmo y la injusticia. Es necesario tenerlo muy presente para no caer en estas in-conductas.

Aquí y allá se alzan diferentes voces refiriéndose al “día después” de esta pandemia. Se oyen las más variadas opiniones basadas en distintas perspectivas e intereses. Estas van desde los vaticinios más lúgubres, hasta el más ingenuo optimismo. Ciertamente no podemos adivinar el futuro. No obstante, podemos afrontarlo desde unas actitudes y conductas buenas, sanas y positivas. Será clave, necesario afrontar esta nueva etapa de la historia con esperanza y magnanimidad, desechando todo atisbo de pesimismo y mezquindad.

Los cristianos tenemos como centro de nuestra fe el acontecimiento pascual de la muerte y resurrección del Señor Jesús, que acabamos de celebrar. Bajo esta luz miramos el acontecer y el porvenir. En él encontramos la fuerza para generar y edificar una sociedad, un mundo nuevo, adelanto del aquel “cielo y tierra nueva” -lo acabamos de oír en la primera lectura bíblica- que es el Reino de Dios, meta de la existencia humana. También en esta coyuntura histórica, la humanidad está atravesando un momento de muerte, oscuridad, incertidumbre, sufrimiento, con todas sus consecuencias. Sostenidos por el Señor de la historia, está en nuestras manos transformarlo en vida, esperanza, generosidad, esfuerzo, sacrificio, compasión y solidaridad, que son los valores y actitudes a partir de los cuales podremos acometer la reconstrucción de la sociedad.

Los creyentes unidos a las personas de buena voluntad, estamos llamados a contribuir con nuestro testimonio y compromiso en esta tarea. En la hoja de ruta que vayamos elaborando como sociedad, no podrá faltar el cuidado de la vida, desde la concepción hasta su término natural, fundamento de la dignidad y de todo derecho humano. Conjugando esto con una ecología integral y la protección del ambiente,  el cuidado de los sectores más vulnerables como son los ancianos, los enfermos y los pobres, estaremos generando verdaderamente un mundo y una época nueva. Lo contrario, indicaría no haber aprendido la lección de esta crisis global. ¡Y a ello nos convoca la página del Evangelio que se acaba de proclamar!

Esta nueva etapa se labrará y fraguará en cada una de nuestras comunidades. Aún en el contexto de un mundo globalizado -que se debate constantemente en la tensión entre el todo y la parte- en el “pago chico”, nuestros pueblos del interior, por la fortaleza de los vínculos que nos unen, bien podrán ser laboratorio, escuela y taller para la recuperación de nuestra nación y el progreso que se alcanza por manos que juntas construyen una Patria de hermanos. Un modo de convivir fraterno y solidario será la alternativa al individualismo, la competencia y el enfrentamiento. La confianza y la cercanía cordial, serán la contrapartida, tanto a la distancia física como a la hostilidad y las “grietas” que aparecen una y otra vez. Recuperar el valor del trabajo, el sacrificio y la austeridad será más que saludable para purificarnos de una cultura consumista del bienestar y la comodidad que ha generado tedio existencial y flagrantes desigualdades entre las personas. ¡En nuestro pueblo hay una potencialidad que debemos desplegar en estos momentos!

Semejante y sostenido esfuerzo necesitará de un “alma”, unas motivaciones e impulsos verdaderamente espirituales. Es esencial -¡en estos tiempos en que hemos hablado tanto de los servicios esenciales- descubrir y convencernos que las realidades espirituales dan al ser humano la luz y las fuerzas que necesita cuando le faltan las propias. ¡Hagamos lugar a Dios en nuestro interior y cultivemos nuestro espíritu!.

Finalmente, deseo poner de relieve una realidad que se ha dado en nuestra comunidad nuevejuliense en estos días de emergencia. Autoridades, instituciones, entidades intermedias, sindicatos, clubes, empresas y confesiones religiosas han sabido trabajar mancomunadamente, interactuando en red, para enfrentar las problemáticas surgidas y proteger a los más vulnerables. ¡Podemos estar muy contentos y agradecidos por este logro en común! Ciertamente deberemos perseverar en este aprendizaje constante de diálogo y acuerdo, generosidad y abnegación, desinterés y sacrificio. Vale la pena. ¡No aflojemos en este esfuerzo: ya hemos probado sus primeros frutos!

Desde esta convicción y confianza compartida, elevemos hoy nuestra acción de gracias por los beneficios recibidos, supliquemos que nos libre de esta pandemia y comprometámonos en su presencia a poner manos a la obra. Así sea.

Ariel Torrado Mosconi, Obispo de Santo Domingo en Nueve de Julio

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